Buenas noches, queridos amigos. Pues sí, habéis leído bien: tengo ya la neurona tan “escacharrá” que no se me ha ocurrido otra cosa que ponerme a hablar sobre los pañuelos de tela... y es que, aunque parezca que no, el tema tiene mucha tela (¡¡Festival del humor, yujú ¬¬!!). Ahora ya nadie utiliza pañuelos de tela y, si lo hace, es sólo para doblarlo con forma de triangulito y colocárselo en el bolsillo del smoking... pero yo, en mi más remoto y oscuro pasado, conocí el pañuelo de tela cuando todavía se le daba su uso original... que no era otro que el de cubrirlos de gloria, con toda la “gloria” que te puede proporcionar uno de esos resfriados mortales que coges cuando estás en parvulario y te quitas la sudadera después de correr por todo el recreo y acabar más colorá que un pimiento con insolación... tres o cuatro días haciendo eso y coges un trancazo seguro. Y entonces llega el momento de sacar al pobre pañuelo de tela. En mi clase habíamos unos cuantos niños con pañuelos de tela (sí, yo fui una de ellos). El pañuelo de tela era un mundo aparte... tener un pañuelo de tela muchas veces servía para fortalecer nuestra amistad. Sí, porque, ahora, si un amigo tuyo tiene mocos y no tiene pañuelos, es muy fácil decir: “espera, que te doy un klinex...” pero en aquél remoto pasado no llevábamos klinex, aunque la verdad es que a los de mi clase con esa edad no nos parecía la cosa tan grave: si había que prestar un pañuelo de tela, pues se prestaba y ya está... y ahí que venía tu amigo del alma después de una tanda de estornudos con las velas de la Niña y la Santa María asomándole por los agujeros de la nariz, a pedirte con desesperación que le dejaras el pañuelo... y ahí ibas tú, su única esperanza: te sacabas del bolsillo el pañuelo hecho un gurruño y lo zarandeabas con energía para desplegarlo, dejando al descubierto todo un muestrario de lámparas, lamparones y candelabros que ríete tú del catálogo de Ikea. Y entonces, como decía antes, se produce la prueba de amistad... porque lo que pasa a continuación es muy parecido a lo que pasa en algunas películas donde dos amigos del alma se hacen a sí mismos un par de heridas en la palma de la mano y luego se dan la mano, mezclando su sangre como prueba de amistad; pues esto era casi igual, sólo que sin dolor... y bueno, no era exactamente con sangre. Al final de un día de resfriado, ponías el pañuelo de tela en el suelo y se sostenía solo, como el chándal de Luis Aragonés. También el pañuelo se usaba para aliviarte el dolor de cabeza... sí,sí, y era una cosa muy paradójica, porque tú estabas tirada en el sofá, con el resfriado de tu vida y treinta y ocho de fiebre, y no se te ocurría otra cosa que meter dos cubitos de hielo en un pañuelo de tela y amarrártelos a la frente como Rambo... ¿pa`qué? Aunque en honor a la verdad, hay que decir que sí que era bueno para el dolor de cabeza: cuando te los quitabas te dolía más. Aparte de que te quedaba toda la cara churretosa del hielo derretido y que si antes te asabas entera de calor, ahora tenías el resto del cuerpo ardiendo pero la cara helada, que te podías dar en toda la frente con el pico de la mesa y ni lo sentías... ahora que lo pienso, creo que no me hubiera venido mal de pequeña ir todo el día con un pañuelo con cubitos en la frente. Otra característica inolvidable de los pañuelos de tela es que podían estar bordados, y siempre se les bordaba lo mismo, tus iniciales o las de tu pareja en una esquina... que eso, si vas a llevar el pañuelo de adorno queda muy bien, pero si lo vas a usar es un poco como humillarte a ti mismo: ¿Qué sentido tiene bordar primorosamente tus iniciales en un pañuelo para luego echarles un moco? ¡Si son los klinex con los dibujos de los Looney Tunes y a una le da pena de usarlos! Es que eso es un trauma, hombre, que son los héroes de tu infancia... mejor que pongan la foto de un banquero, y con una diana pintada encima, para que les pueda llegar sin problemas la “inyección”, que no va a ser de billetes, pero también será verde, cuantiosa y en líquido. Luego hay gente que, a falta de pañuelos, recurre a sucedáneos de pañuelos: las servilletas, que hay que cuidar que no sean de esas de color rosa de doble capa, porque no hay una cosa que le dé más coraje a una madre que el que utilices las servilletas rosas de doble capa (también conocidas como servilletas buenas) para los mocos. El rollo de papel higiénico, momento en que la cara se solidariza con su hermano de los barrios bajos: ese que es blanco de todas las mofas, ese que nunca ve la luz del sol, salvo cuando es para hacerle una foto y reírte de su tez lechosa, el protagonista de todos los “calvos”, el eternamente peinado con la raya en medio... y por unos momentos, la cara prueba en sus propias carnes lo que es que te rasquen, mejor dicho, te desgarren, con ese papel grisáceo que se vende en rollos descomunales y que parece hecho con lija del siete. Por último, también hay quien utiliza como sucedáneo del pañuelo esa cosa cilíndrica que cuelga por debajo de la cintura... y sí, es lo que todos estamos pensando; ya sé que es muy desagradable, pero, ¿quién no ha visto alguna vez a algún guarro limpiándose la nariz con el puño de la manga?
En esta ocasión tengo el placer de enviaros un "magnifico" monólogo, obra de Rosa García, a quienes conoceréis y veréis más veces por aquí, porque seguro que nos deleitará con más obras suyas.
A mi me ha encantado, además de hacerme reír un buen rato, por su originalidad y buena pluma.
Rosa declara tener una sóla neurona que no está en muy buenas condiciones, todo ello como consecuencia de un atracón de "anacardos" ante su televisor, jajajá...Pero si para tener ese arte y ese ingenio que ella tiene, hace falta quedarse con una neurona, voy a acabar con los anacardos de todas las barracas de "Cái", jajajá...
Sin más, y confiando y deseando que os guste tanto como a mí, os dejo con el monólogo.
¡Hala!...a disfrutarlo.
Besos y abrazos.
Que Dios os bendiga.
Manolo.
EL PAÑUELO DE TELA.
Rosa García.
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, o si no, laquefaltaba1987@yahoo.com, pero esta última la uso menos.