Manuel Caramé Mateo.

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domingo, 12 de octubre de 2008
Buenos y lluviosos días, queridos amigos, aunque dicen que nunca llueve a gusto de todo el mundo. Si no, que se lo digan a las personas que en Cádiz, al ir a coger su vehículo, al garaje se lo ha encontrado totalmente anegado, y que no son pocos.
Nuevamente, fiel a su cita, el maestro Clarín, nos envía un relato suyo titulado un "Guiño al amor", y como es habitial en él, no tiene desperdicio.
En principio lo publiqué como primera parte de una trilogía, pero a petición de nuestra genial amiga Lucía, ya que manifiesta haberse quedado con la intriga (véase comentario) y previa anuencia del autor (dueño y señor del relato), paso a publicarlo en su integridad.
Sin más, os dejo con tan singular y magnífico relato para que disfrutéis de él.

Besos y abrazos.
Manolo.

UN GUIÑO AL AMOR

 

I

 

   En estas estamos siempre, esperando el milagro de encontrar, bajo este universo caótico y sin límites, un poco de amor, aunque  sea debajo de  un puente o debajo del agua o  encima de otro, da igual el lugar, la ocasión  y el momento, ¿o acaso vamos a reparar en lo accesorio cuando por fin estamos ante lo principal? Lo  que importa, me parece a mí,  es que cuando por fin lo encontremos y estemos ante él lo miremos  a los ojos -los  ojos nunca mienten-, y con voz sugerente y cálida preguntarle a su dueña: “¿Me das fuego”? Porque ¿qué otra cosa decir en un momento en el que el corazón se  dispara, el rostro se sonroja y las neuronas se niegan a funcionar como ellas suelen? Que en ese momento digamos una tontería es el mejor indicador de los desperfectos intelectuales que produce el evento. No importan las palabras, sino lo que se esconde tras ellas, el trasunto de lo que sólo en apariencia es trivial. Y es así porque el amor es contradictorio como no podía ser menos en un sentimiento que siente tantas cosas a la vez. No es amigo del  subterfugio, pero recurre a él para expresarse,  ni del rodeo, pero hasta que se decide  da unos cuantos;   es amigo de ir al grano, pero raramente  va  al grano, lo que  dice no guarda relación con lo que  quiere decir ni con lo que siente, hay leguas de desierto entre lo que quiere expresar y lo que expresa. Incluso diciendo lo que siente, se queda corto. Hay que estar atento a su mensaje, el que encierra sus palabras, expresado en términos que no vienen a cuento, reflejo de la inenarrable sensación de haber descubierto el amor por sorpresa y con lo puesto. Nos evoca la imagen del neardenthalense que, cuando le echaba ojo al amor, le daba un trancazo a su portadora y se la llevaba a su choza. No se andaban con sutilezas aquellos mozalbetes  a la hora de tirar los tejos. No es para menos: cuando no hay palabras siempre nos quedan los hechos…

 

II

 

   Lo de no venir a cuento es esencial, pues si el amor  responde con una sonrisa y una prolongada  mirada,  y aventura: “¿de verdad es eso lo que quieres?”, el problema será estar a la altura de su respuesta, pues  encontrar el amor comporta el reto de ganárselo. Ahí es donde el amor necesita de la palabra. Ella merecería perderlo irremisiblemente si, en lugar de sonreír,  interroga ceñuda: “¿cómo dices?”, o se limita a decir, “lo siento, no tengo”, el mejor indicador de que has llamado a la puerta equivocada, por lo que lo inteligente  sería seguir caminando sin mirar atrás,  hasta llegar a la próxima estación si a continuación no dice, “pero puedo conseguirlo”. Sin embargo… El amor llama siempre más de una vez, es tozudo, no se da fácilmente por vencido, prefiere el desengaño a batirse en retirada, ni siquiera la evidencia lo rinde aunque puede matarlo una respuesta estúpida. No lo sirven respuestas aclaratorias ni preguntas obvias, ni siquiera negativas contundentes,  no dice  lo que realmente  piensa pero piensa que lo que dice es lo que debe decir, sin pensar  en lo que verdaderamente dice,  y es tal su persistencia que, si la esperanza de merecerlo se difumina, lo último en que piensa es en la verdadera causa de su pérdida,  piensa en aquello que debiste hacer y no hiciste, ¡estúpido!, sin saber si debiste hacerlo o no. Y no duerme.  Sin embargo no hay que darle más vueltas, el amor es un sentimiento personal e intransferible, hermoso, pero absurdo, ideal, pero ilógico, tan imprescindible como temible. Cuando llamas a su puerta puede abrirte pero también puede darte con la puerta en las narices, situación humillante y lacerante que enfrenta a su portador, de pronto, a la soledad de su patética condición. Porque ¿quién se va cuándo el amor no  abre su puerta? ¿Quién si  abre y luego  cierra no vuelve a llamar? ¿Y quién si llama después de haber cerrado lo ignora?   Palabras,  pero ¿y cuándo el amor demande hechos? De acuerdo, pero hay que tener en cuenta que cuando el amor te da con la puerta en las narices es un hecho incontrovertible sin signo de interrogación. ¿A qué insistir? La interrogación está en las palabras de quien llama pidiendo fuego, pues ¿quién se acerca al amor a pedirle fuego si es una obviedad?  Cuando los hechos deban hablar han de ser más elocuentes que las palabras,  pero estos escapan a nuestro control si falta el talento. Con él, el paraíso; sin él, el infierno.

 

III

 

   No es fácil ganarse el amor, ardua tarea  evitar su pérdida. El amor quiere, aspira,  a que el instante se prolongue ab infinitum y sea perfecto, a que nada enturbie ese momento mágico en que el universo parece detenerse un instante sorprendido por el milagro. Mas cuando llega el problema es compartirlo, corresponderlo, vivirlo en otro, y retenerlo, aquí reside el drama que manifiesta la impotencia de comprobar que estamos ante el amor y no podemos aprehenderlo. Porque puede suceder que los ojos en  los que  has visto brillar su estela han pasado ante ti en dirección contraria, en otro tren que, justo en ese momento, para junto al tuyo en otra vía. ¿Continúas en tu tren o tomas la comprometida decisión de bajarte de él para subirte al otro? ¿Y si es  un espejismo? No creo que haya un sentimiento que produzca más inquietud espiritual y tormento físico que  sentir el amor y no poder concretarlo, compartirlo, vivirlo y expresarlo. O la desolación de perderlo.

 

   Ansias de amar y de que nos amen, sentir la plenitud que esa sensación proporciona, seguir la pista de la utopía no importa cuándo, dónde y cómo. A esto se reduce el problema del hombre: a sentir amor y poder compartirlo. Ganarse el amor. He aquí el reto. El error es creer que el amor llega por sí mismo. Puede, pero a veces llega y no te enteras, lo cual es imperdonable. O lo rechazas sin saber lo que haces. Sin embargo te esmeras en hacer méritos para ganártelo, aunque lo disimules, sin caer en la cuenta de que el único mérito que exige el amor es amar. El problema es que hay que saber hacerlo. El esfuerzo que realizas, empero,  lo juzgas suficiente para considerar que mereces ser amado sin preguntarte si has hecho  lo que debes hacer para merecerlo, crees que el amor debe rendirse a tus pies sin ni siquiera hacerle un guiño. No es que seamos egoístas, que sí lo somos, sino que necesitamos ser amados y no podemos aceptar que no lo merecemos. Cobardía solapada de méritos ajenos. Sin embargo, y esta es la tragedia, cuando el hombre acepta el reto de su guiño no lo dejan amar y cuando lo espera el amor pasa de largo.  ¿A qué viene la inmensidad del universo si cuando estamos con el amor nos sobra todo y cuándo se va nada nos importa?  ¡Qué desperdicio!  Yo creo que el universo es tan grande porque cuando no amamos necesitamos entretenernos en algo que lo iguale. 





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