Manuel Caramé Mateo.

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martes, 02 de septiembre de 2008

Buenas tardes, amigos.

Poco a poco, tras el periodo estival, las aguas vuelven a su cauce, y después del disfrute vacacional, nuevamente contamos con un genial relato de nuestro sin par Juan Manuel Clarín, que nos envía fiel a su compromiso..

En él, narra las peripecias de un matrimonio en un mercadillo, rastrillo, barato, piojito, galerías Gipsy, o como queramos llamar, donde todos los que ya peinamos canas nos sentimos identificados con el mismo.

Sin más dilación, paso a participaros el magnífico relato, para disfrute de todos.

Besos y abrazos.

Manolo.

 

 

UN DÍA DE RASTRILLO

 

   Esta mañana he acompañado a mi mujer al “rastrillo”, esos mercadillos que se instalan un día o dos a la semana en pueblos y ciudades en los que se exhiben en almoneda las más dispares mercancías. Pretenden imitar a las  grandes superficies, pero a lo friqui y al aire libre, de modo que  cuando hace calor te asas,  cuando llueve te empapas, y cuando hiela te congelas, lo cual no es óbice para que una multitud abigarrada de gentes de todas las edades, pelaje, procedencia y condición acudan a su reclamo y se agolpen en puestos, tenderetes y tendales y vayan de un sitio a otro a la caza de gangas, ofertas improvisadas y precios de otra época,  pierdan el tiempo y la cartera.  Meras ilusiones vestidas para la ocasión.

   Confieso que me agobian los “rastrillos”, no se suele ver en ellos nada original ni son lugares con espacio para la sorpresa, si exceptuamos las desagradables. Prefiero el Rastro, sin diminutivos falsos, así que cuando mi mujer me dice, “tenemos que ir al rastrillo”, pondero la situación y considero su mandato una amable sugerencia de obligado cumplimiento, de las que hacen del matrimonio una institución envidiable donde se forja el espíritu de sacrificio que todo hombre debe atesorar para responder con una sonrisa y un “¡buena idea, querida!”, a sus inoportunos, pero lógicos requerimientos, lo cual  fortalece la relación y espanta agrias discusiones,  de cuyas resultas pueden sobrevenir desgracias sin cuento.

   Así que, armado de resignación planificada y espíritu constructivo, sin perder la sonrisa ni un momento, como corresponde a todo marido amante deseoso de complacer a su amadísima mujer, cogidos del brazo y con alguna calderilla en el bolsillo, nos dirigimos al bazar dominguero.

 

II

 

   Mi mujer que, ya adelanto, sueña ficciones y realidades, venía comentando tiempo atrás que necesitaba un par de camisones de dormir, lo cual que yo no presté mucha atención porque si le comento que si es que colecciona camisones –tiene lo menos seis-, para qué quiero más, que si es que le voy a escatimar un par de camisones de nada, que con maridos así las mujeres nunca podrán ser felices, que adonde tendría que comprárselos es en El Corte Inglés y no en un rastrillo callejero…, y como a mí me encanta la lencería femenina y demás, si escatimo sus deseos no tengo más remedio que pedirle perdón y decirle que en lugar de dos se compre cuatro. Así que en casos como este lo mejor es callar, arte en verdad de difícil ejecución, pero muy necesario, no hay más que ver como anda el mundo, que si supiéramos enmudecer en ciertos momentos todos seriamos el doble de felices, pero como nos cuesta sujetar la lengua tuvimos que recurrir al refranero e inventamos aquello de  por la boca muere el pez, que no es más que un guiño al silencio. 

   Sorprendentemente, empero, esta mañana no mencionó los camisones, por lo que supuse que  había cambiado de opinión  y nuestra visita al rodeo semanal se centraría en comprar fruta, verdura y alguna que otra menudencia. Pronto me cercioré de que aventurar hipótesis acerca de lo que bulle en las mientes de mi mujer es un ejercicio religioso, no vale más que para distraerse: en cuanto entramos en el recinto mobiliario y bullanguero mi mujer se dirigió directamente al puesto de camisones, batas y pijamas. Así que opté por guardar un prudente silencio en lugar de preguntarle, “¿pues no íbamos a comprar tomates?”, que no hubiera servido sino para que me mirara sin pronunciar palabra y en su silencio yo interpretara la estupidez de mi pregunta. Así que la dejé elegir sus camisones, tarea en la que incluso le ayudé –hasta ahí llega mi sentido del deber-, pero para mi sorpresa sólo compró uno, lo cual que, como podréis imaginar,  no dije ni pío.

   Continuamos la marcha adentrándonos entre el gentío, mirando aquí y allá, soportando empujones, deteniéndonos en algún que otro puesto y, de pronto, veo que  se para ante otro tendal de camisones.  “¿Será posible?”, pensé para mí sin osar abrir la boca. Mi mujer comenzó a mirar y remirar y hablar con el vendedor. “Mientras terminas –le dije impaciente- me voy a acercar al puesto de enfrente a comprar la fruta y la verdura”, con lo cual pretendía conseguir, no sólo ganar tiempo, sino evitar  involucrarme de nuevo en la elección de tan delicada prenda.  Me da un cierto pudor…

   Me dio tiempo a comprar tomates, lechugas, brécoles, cebolletas, naranjas…, y esperé a que se reuniera conmigo tal y como habíamos quedado. Cuando la veo llegar desencajada.

 

III

 

   Preguntar en semejante tesitura por la causa de su desazón habría sido una insensatez, pues nunca me contesta:“me ha pasado esto”, no, mi interés por su estado la hubiese llevado a realizar una serie de aspavientos,  exclamaciones y gestos elocuentes, invocaciones y recursos dramáticos,  cuyo objeto no es otro que crear en mí un estado de agitación interna que aguijonee mi curiosidad, altere mis pulsos y abra mis ojos como platos, originar un ambiente propicio al suspense y cercano al infarto que ponga a prueba mi paciencia. Así que juzgué prudente hacerme el desentendido y dejar que hablara ella, cosa que no tardó en hacer ni tres segundos. “No puedes imaginar lo que me ha pasado. Temblando estoy todavía” –dijo efectivamente con voz temblorosa y pálida todavía.  Conociendo el percal le digo “ya será menos”, con lo cual la incito a ir directamente al grano. “¿Menos? –reacciona tocada- anoche soñé que me compraba un camisón blanco –comenzó a relatar tal y como yo pretendía- y vi nítidamente que tenía una costura en la parte de atrás que lo deformaba. Curioso, ¿no? Y una voz en off, una voz desconocida,  me advertía, ¡no lo olvides, no lo olvides! ¡Huy que escalofrío me acaba de dar! –refirió interrumpiendo momentáneamente su peripecia- ¡¡Pues he visto el mismo camisón del sueño!! –me dijo como si hubiera visto al mismísimo Belcebú- ¡¡Y tenía la costura!! ¡Me ha entrado un temblor…! –y efectivamente, seguía tiritando-. Le he dicho al hombre, ¡pero este camisón tiene una costura que lo  desfigura!,  ¿es que no la ve? Y el  hombre, sorprendidísimo,  va y  me dice, “pues es verdad, no lo había visto,  ¡qué cosa más extraña!”

   Juro que la sangre se me agolpó en la cara oyendo lo que me decía mi mujer tal y como me lo estaba diciendo, pero lo que procedía en ese momento era quitarle hierro al asunto para distraerla y sacarla de su exaltación, así que comencé a reírme. “¿Quieres decir que el camisón que soñaste estaba en ese tenderete? ¡Amos anda!” –la provoqué sin dejar de reír. “Te lo juro –afirmó solemnemente- era el mismo,  exactamente el mismo, con el mismo corte, el mismo fruncido, las mismas hombreras, la misma tela…, sólo cambiaba el color, pues  el del  sueño era blanco y el del puesto es  rojo, precioso por cierto”.

   Inexplicable, ¿no? Pues todo tiene su explicación racional. Mi ejemplar comportamiento no tiene como base un elogiable autodominio, ni una vocación de héroe doméstico resignado, ni una voluntad domeñada,  obedece a una estrategia largamente meditada ante el hecho evidente de que mi mujer, cuando quiere algo, lo sueña, me convence de su necesidad, luego, lo encuentra, y sólo entonces viene excitada y muerta de miedo a contármelo. El único margen de maniobra que me deja es el que va del blanco al rojo –nadie es perfecto, claro-, si no fuera por eso no tendría escapatoria posible, adivinaría mi pensamiento y, entonces, ¿qué sería de mi vida? No podría pensar ni preocuparme por ella. Así que mi matrimonio va de rastrillo en rastrillo, de sorpresa en sorpresa, de emoción en emoción,  y no dejo de pensar en lo sabio que es  Dios por no haber hecho a la mujer perfecta y darle así, al hombre, una oportunidad para quererla.

  

 

 



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