Jajajajajajajá…
Perdonadme, queridos amigos, pero jamás me imaginé que el genial Clarín, fuera a enviarme un relato de estas características.
Por cierto, buenas tardes, y me alegro de saludaros de nuevo
Esta entrega mensual es una gozada. Un relato escatológico (por partida doble, en lo concerniente a ultratumba, y lo referente a un cuesco) que rompe los esquemas de un triste velatorio, detallando las aventuras de una sonorosa y hedorosa ventosidad, que se resiste a hacer acto de presencia, hasta que no puede más y se decide a ver la luz.
MAGISTRAL…sencillamente MAGISTRAL.
Sin más, os dejo con el genial relato, haciendo un reto. A ver quien es capaz de leerlo sin verse sumido en una carcajada, porque yo…jajajajajajajajajajajajá…
Por cierto, una curiosidad. Si os pregunto el antónimo de “morir”, ¿cual diríais que es?...seguro que muchos erraréis, por eso, para darle más “emosssión” al asunto, abajo pongo la respuesta, pero al revés, para que no sea tan fácil de descifrar, al leerse de derecha a izquierda
Besos y abrazos para todos.
Que Dios os bendiga.
Manolo.
RESPUESTA AL ANTÓNIMO: -------------.recan onis ,riviv se oN--------------
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BATALLA DESIGUAL
Siempre me he preguntado quién sería el primer degenerado que invitó al primer pardillo de la historia a visitar su humilde hogar, y no dejo de interrogarme dónde y cómo nació la costumbre de acompañar a los deudos del interfecto en su dolor. Quien hiciera lo primero inauguró una costumbre nefasta para la humanidad; en cambio, quien implantara la costumbre de velar al fallecido habría que hacerle un monumento por su contribución a la felicidad de la humanidad. La invitación es algo formal, puedes aceptarla o no, pero hagas lo que hagas siempre hay consecuencias. Velar al fallecido es también una invitación obligada porque el motivo es la muerte. ¿Hay acaso algo más serio en esta vida que la muerte? Bueno, en realidad la muerte más que algo serio es algo escalofriante. Para la vida, una broma pesada. Fuera aparte este detalle, la asistencia al velatorio es voluntaria: si quieres vas y si no con una tarjeta de pésame, cumples. Pero cuando alguien te invita a su casa maniata tu libertad porque le pone la corona de espinas de la obligación –no aceptar sin una razón convincente supondría una descortesía imperdonable- circunstancia que me provoca un mosqueo militar que acaba por afectar a mis castigados espermatozoides, lo sé porque se me inflan los resultados y tengo que implorar a mi mujer que les baje los humos. ¡Con lo poco que me gustan a mí las urgencias! Estoy seguro de que si al primer humanoide que tuvo la infeliz ocurrencia de invitar a su palafito o a su caverna a otro ser de igual naturaleza y condición, le hubiese acontecido lo que a mí, hoy día la humanidad sería más feliz y dichosa sin la insoportable congoja de tener sobre su cabeza la espada de Damocles de la invitación.
Sin embargo los velatorios deberían prescribirlos como medicina infalible contra la depresión. Llegas, das las buenas noches, te miran con reconocimiento y respeto, te sientas donde puedes, y a escuchar. Casi siempre surge el comentario esperpéntico de un familiar, el lamento espontáneo de un allegado, el recuerdo inesperado de un amigo, el suspiro desconsolado de la viuda, el hecho impensable que convierten la solemnidad del momento en un teatro de variedades. En cambio de una invitación formal sólo se puede esperar lo peor.
Nunca olvidaré el día en que unos amigos nos invitaron a mi mujer a y a mí a pasar un fin de semana en su cortijo en un pueblo de Granada. Era invierno y llovía, así que cuando llegamos pasamos directamente a la cocina donde una chimenea de leña chisporroteaba acogedoramente. Tumbado junto al hogar, luciendo un descomunal miembro por efecto del calor, un pastor alemán se solazaba a sus anchas. El dueño llamó en un aparte al cortijero, guardés de la finca, y le dijo que echara al can de la pieza con disimulo, mayormente por respeto a las mujeres. Y el campesino, que de eufemismos y sutilezas debía entender lo que un pan de seis libras, ni corto ni perezoso le dio un vozarrón al animal de esta guisa: “¡¡PICHO CON EL POLLÓN QUE PILLAS MEDIA COCINA!!”, que nos dejó a los dos con el porrón en la mano y a las mujeres comulgando. El cancerbero del fogón dio un salto y en su alocada huida se llevó por delante a mi mujer que cayó sobre un taburete y se fracturó dos costillas. Un desastre total porque estuvimos de hospitales todo el fin de semana y dos meses de convalecencia insufrible.
En cambio en un velorio todo es paz y armonía, susurros, cuchicheos, caras serias, miradas serenas y gestos contritos. Una delicia. Nada que ver la odisea del cortijo con lo ocurrido en el velatorio del padre de un amigo mío. Yo llegué como es natural a eso de las once de la noche acompañado de un amigo. La casa estaba llena de gente y hubo que sacar sillas al patio para albergar al personal que iba llegando. El ambiente era plácido y el silencio reinante contribuía a darle a la noche una serenidad mágica. Yo me vi rodeado de partícipes y eso me preocupó, pues tengo tendencia a acumular gases y necesito visitar el excusado con cierta frecuencia, así que le pedí al Altísimo que esa noche detuviera el bombardeo y me socorriera en tan apurado trance. Pero algo debió fallar porque el enemigo comenzó a realizar movimientos sospechosos de manera subrepticia y sus maniobras sólo podían contrarrestarse con fuego de artillería. Al principio supe resistir, defendí mi posición con entereza y gallardía, pero el ejército rival atacaba con todos sus efectivos y poco a poco mi situación se fue haciendo insostenible, el cañoneo se perfilaba como ineludible para contrarrestar el ataque. A mi lado se sentaba mi amigo a quien le participé mis temores; me dijo que aguantara, que de allí no podía moverme y no era plan soliviantar al velatorio por algo tan etéreo. Le dije: “tres minutos más puedo aguantar, ni uno más”. “¿No se te ocurrirá armar aquí un numerito?”, me contestó. Yo callé porque me espantó la idea, pero la ofensiva enemiga proseguía su imparable avance y ya no podía detenerse con medios convencionales, su volumen y embestida crecía y crecía de manera alarmante, incontenible. Intenté un último y supremo sacrificio de resistencia heroica, angustiado miré a mi amigo en solicitud de auxilio, pero éste hablaba con su vecino de silla ignorando mi lucha, intenté un agónico y supremo esfuerzo, pero todo fue inútil, las defensas se vieron obligadas a abrir fuego incapaces de resistir más el desaforado ataque y no quedó otro recurso que el bombardeo en masa para contrarrestar la acometida. El inesperado bombazo, en medio del silencio y el recogimiento general, desencadenó un terremoto de emociones dispares y al unísono que confluyeron en un solo punto cuando los efluvios se hicieron notar. Mi amigo dio un respingo en la silla y no pudo contener la risa, me contagió a mí y a los de alrededor que, a su vez, la contagiaron a toda la concurrencia, convirtiendo el velatorio en una feria. El pueblo fue feliz durante muchos días comentando la batalla. Han pasado diez años y todavía se recuerda como el velatorio más comentado de la historia del lugar. Estoy por decir que hasta el muerto se rió pa’sus adentros.
No me digáis que no tengo razones para preferir un velatorio a una invitación…

