Manuel Caramé Mateo.

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sábado, 17 de mayo de 2008
Queridos amigos, como cada mes, el genial Juan Manuel "Clarin" me envió hace unos días su relato breve, que yo he guardado celosamente, hasta mi vuelta.
Ya me habéis leido decir que "Lo bueno y breve, dos veces bueno", y cada vez él, con su buena pluma, con su buen decir, hace más fuerte esa máxima.
En esta ocasión, me congratula decir que con su escrito, ha hecho "centenario" en relatos a éste humilde blog.
Felicidades, querido Juan Manuel, y muchas gracias por  tu altruismo y entrega.
Ahora me voy a releer ésta, tu maravillosa narración.
Ya sabes el refrán:
"No dejes para MAÑANA, lo que puedas hacer hoy".

¡Hala, todos al igual que yo, a disfrutar del relato del genial Clarín.

Saluditos y besos.
Manolo.

 

MAÑANA

 

A todas las madres y a su mañana

 

   La mañana amaneció sin mayores pretensiones, suscitando esperanzas, pero eso a la mañana, ¿qué le importa? A la mañana le sobra y le basta con ser mañana. 

    La mañana amaneció deseosa y ajena de sí misma, como nacen todas las mañanas;  amaneció porque su amanecer se deseaba, porque sin él no habría mañana.  La mañana nació porque el amor la hizo mañana y porque  ser amada es su mañana, nació deseosa y  deseada.  Pudo  nacer sin amor, sin deseo, sin esperarla, pero su mañana no sería mañana.

   La mañana ha amanecido y avanza hacia un mediodía ignorado, sin quererlo y queriéndolo, ensimismada, fuera de sí misma, ausente de todo lo que no sea ella misma y  de ella misma, sin reparar en su delicadeza pero gozosa de ella, sin saber  de su luminosidad, de la ilusión que alienta, de la ternura que transmite,  de la esperanza que alimenta, de la envidia que despierta.  No pide nada y lo pide todo, que la dejen, le permitan y le ayuden a ser mañana, sentirse mañana, y soñar, y vivir, y amar, ser mañana sin sentirse ni soñar ni vivir ni amar ser mañana.  Pide, sin pedir,  que nadie oscurezca su alba, ni emborrone su aurora, ni ensombrezca su luz, ni fuerce su marcha.  Y confía,  dejaría de ser mañana si desconfiara, en que su luminoso amanecer no se apague a media mañana y acabe  la ilusión, la esperanza y la dicha de ser, sentirse y seguir siendo mañana porque alguien pretenda que brille más de lo que puede brillar una mañana.

    Su mediodía llegará solo y, cuando llegue, sentirá la alegría, la emoción,  la fortuna y la nostalgia de saber  que ha sido mañana sin haberlo sabido, pero sabiendo que la dejaron ser mañana.  Sólo con eso su mediodía será una explosión de luz sin nubarrones que oculten su albor.   Y sabremos que sin mañana no tendremos su cielo límpido, ni su sonrisa,  ni su brillo claro, ni su equilibrio, ni su luz sin trampa, ni su mirada limpia que es garantía de más mañanas.

    ¡Ay de la mañana sin mañana!  ¡Ay de nuestra mañana!



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