Buenas tardes, queridos amigos.
En primer lugar quiero disculparme ante vosotros, por mi tardanza en entrar de nuevo al blog, pero por circunstancias personales me ha sido imposible disponer de tiempo para ello. Espero que en breve se me estabilice la situación (males de mi madre, ella requiere, necesita y merece toda mi atención, al igual que ella hizo conmigo cuando yo era un niño), para retomar esto con la atención, diligencia y alegría que lo característica.
No obstante, nuestro amigo Juan Manuel “Clarín”, fiel a su compromiso mensual, me ha enviado el relato de Marzo, que como siempre digo, para mi no tiene desperdicio, y que procedo a insertar para disfrute de todos vosotros.
Lo titula “MI CALLE YA NO ES MI CALLE”, y para mi tiene gran valor, al tratarse de un relato de esos que todos nos hacemos dueños de él, por tratarse de una vivencia colectiva.
Prueba de ello es que en mi libro “Barrabás, la infancia de un gaditano” (que pueden leer en este blog), yo también evoco aquellos momentos en que siendo niño, disfrutaba aquellos momentos con la idiosincrasia y peculiaridad de la calle donde nací y viví mi infancia
Sin más, un abrazo para todos, y aquí estoy a vuestra disposición para lo que se os ofrezca.
Que Dios os bendiga.
Manolo.
¡Hala!...a disfrutar el relato de Clarín.
MI CALLE YA NO ES MI CALLE
Ni es mía ni es de nadie porque las cosas que no tienen alma no son cosas ni las quiere nadie, mi calle ya no es la calle, es… una calle.
Mi calle era peculiar, esencial y entrañable, pero hoy mi calle ya no se parece a mi calle, balcones pegados unos a otros en feliz armonía que hoy se ven cerrados a cal canto con mamparas de aluminio y persianas de plástico.
La calle que hoy añoro tendía la ropa multicolor en los tendederos de los balcones y el aire la mecía como la brisa mece a las banderas que ondean al viento. Pero de pronto la soledad. Ya no se le caen las medias a la vecina del cuarto al verme pasar, ni grita cuando el chucho del bajo las huele y, celoso, se hace pis sobre ellas. Ahora el silencio orada las paredes de las casas y las desconcha el eco de las pisadas; en el ambiente parecen resonar los gritos de mi vecina y las risas de las demás ante el atrevimiento del perrillo.
Mi calle ya no es una calle porque la vida que la animaba se ha mudado, se ha ido no se sabe dónde ni por qué ni a cambio de qué, ya no prestan atención las vecinas a lo que ocurre en ella porque ya no ocurre nada que la merezca, ni los vecinos son ya vecinos, son sombras que pasan sin mirarse.
Ya no hay vecinas en los balcones, ni chuchos olisqueando medias, ni vecinas gritando para evitar lo irremediable, ni vecinas riendo de lo que hacen otras porque antes las otras se rieron de lo que hacían ellas. Ahora es todo gris, triste, sin relieve, como cuando un rostro inocente se ensombrece porque la sonrisa que lo iluminaba se la ha robado un desalmado.
Mi calle ya no es mi calle, ni siquiera el aire, un timador se la llevó por nada, por un cuento mal contado. Lo malo es que no me atrevo a denunciarlo porque yo también soy culpable, sólo me queda el remedio de contar que mi calle ya no es mi calle. Y proteger mis recuerdos para que nunca pueda decir de ellos que no son mis recuerdos como ahora digo que mi calle ya no es mi calle.
Juan Manuel “Clarín”


