Buenas tardes, queridos amigos.
Mi amigo Clarín, fiel cumplidor a su compromiso para con este blog, me ha enviado un relato que a mi me ha encantado.
Se trata de la odisea de una pastilla de jabón que al contacto con los seres humanos causa una serie de tropelías para terminar siendo quien paga “el pato”.
Como pequeña intervención mía diré que esa frase que tan comúnmente usamos de “pagar el pato”, nada tiene que ver con el noble palmípedo, si no que es una degeneración de pagar “el pacto”, ya que cuando dos pactan, siempre es a costa de un tercero, y hace mas de cinco siglos no se usaba en el habla la “c” intercalada, por lo que -----Un “pato” podía quedar sin “efeto”, al pincharte en la zona “petoral” con una espina de “catus” aunque fuera de forma “afetiva”-----.
Sin más, os dejo con el genial relato.
¡Hala!... a disfrutar.
Manolo.
Jabón de tocador
El jabón es un producto de lo más apasionante. Cuando llega a nuestro cuarto de baño en forma de “pastilla”y la ponemos al borde del lavabo para beneficiarnos de su efecto limpiador, cuya explicación no viene al caso, cobra vida propia. Recién levantado entras al baño, te miras en el espejo, das un respingo porque el tío que se refleja no eres tú –al menos tú no eras así la noche anterior-, abres el grifo, te mojas las manos, coges la pastillita de Heno de Pravia –el jabón tradicional- y ¡zas!, pastilla al suelo. Tu gata, que se estaba restregando contra ti para hacerte la pelota porque no la dejas dormir en tu cama, da un salto de la hostia, bufa cosa mala, sale disparada en dirección al pasillo y, el cable del secador, que tu mujer se había olvidado recoger la noche anterior, se enreda entre sus patas. Semejante inconveniente incrementa el mosqueo de la minina que redobla su ímpetu de huida, cae el secador al suelo con estrépito y se hace trizas. La gata, ante semejante desaguisado enloquece, se abalanza sobre la mesa del comedor en su aterrada huida, cae sobre el tapete de randa que adorna y a la vez protege la mesa, el cual soporta un florero de cristal tallado con una docena de rosas, detalle de cumpleaños que tuviste el día anterior con tu mujer, engancha el tapete y arrastra tras de sí el florero que se estrella con estruendo sobre el suelo de porcelanosa que te ha costado un riñón, el florero se desintegra pero muere matando cargándose una losa, precisamente la que más se ve. La gata por fin se esconde debajo del sofá huyendo de la quema y de pronto aparece tu mujer en la puerta del cuarto de baño con cara de película del Alfred Hitchcock y pregunta espantada: “¿Qué ha pasado?”, y tú, como un gilimemo, con la maldita pastilla en la mano, desconcertado y sin habla, como el del chiste de la vaca pillado infraganti, que no tuvo más remedio que decir que se estaba tirando a la vaca, sólo se te ocurre decir “nada, que la pastilla de jabón se ha caído al suelo”, y mientras tu mujer te mira como a un marciano en una urna tú sólo piensas en cargarte a todos los gatos del mundo y no comprar más pastillas de jabón en la vida.
Pero claro, nada de nada. A comprar un nuevo secador, un nuevo florero, la docena de rosas, reponer la losa rota (menos mal que había alguna de repuesto) y a jugar con tu gata una hora después, la cual viene de nuevo a restregarse contra ti como si tal cosa, la bandida. En cuanto a la pastilla de jabón que rodó por el suelo, se deslizó más bien porque rodar no está entre sus virtudes, la hiciste picadillo (con alguien tenías que pagar el pato, ¿no?), y a tu mujer tuviste que decirle que juegas con la gata cuando te da la gana, faltaría más, y que no volviera a darte más sustos de ese calibre que bastante asustado estabas tú ya de verte en el espejo, vamos, si no quería quedarse sin marido.
Y al día siguiente te encuentras una nota a tu nombre encima de tu mesa de trabajo. Lógicamente la lees porque es de tu mujer:
Tipos de jabones:
-El “jabón duro”, que se obtiene deshidratando por rociado el jabón fundido, al que se añaden colorantes y aromas, y se moldea en barras y pastillas. (Mismamente como el de marras, dijiste para ti).
-El “jabón de tocador”, se fabrica con grasas de calidad superior al jabón duro, y una vez deshidratado el jabón fundido vuelve a ser calentado para reducir aún más el contenido de agua. Se le añaden colorantes y perfumes. (Ah, pues no era el duro, era el de tocador el infame, rectificas).
-El “jabón en polvo”. También se deshidrata por rociado. Antes de que se solidifique se le añaden los aditivos necesarios para conseguir un jabón sintético cuyo resultado final no contiene más del 50% de jabón. (¡Caramba, de lo que se entera uno!, exclamas intrigado).
“Elige querido –decía la nota al final-, aunque te sugiero que te decidas por el “jabón líquido”, es menos “traumático”, a no ser que prefieras el “jabón en escamas”.
“¿Escamas? –repites espontáneamente- bastante escamado estoy yo ya. ¡¿No te digo?!”.
Juan Manuel “Clarín”.
Mi amigo Clarín, fiel cumplidor a su compromiso para con este blog, me ha enviado un relato que a mi me ha encantado.
Se trata de la odisea de una pastilla de jabón que al contacto con los seres humanos causa una serie de tropelías para terminar siendo quien paga “el pato”.
Como pequeña intervención mía diré que esa frase que tan comúnmente usamos de “pagar el pato”, nada tiene que ver con el noble palmípedo, si no que es una degeneración de pagar “el pacto”, ya que cuando dos pactan, siempre es a costa de un tercero, y hace mas de cinco siglos no se usaba en el habla la “c” intercalada, por lo que -----Un “pato” podía quedar sin “efeto”, al pincharte en la zona “petoral” con una espina de “catus” aunque fuera de forma “afetiva”-----.
Sin más, os dejo con el genial relato.
¡Hala!... a disfrutar.
Manolo.
Jabón de tocador
El jabón es un producto de lo más apasionante. Cuando llega a nuestro cuarto de baño en forma de “pastilla”y la ponemos al borde del lavabo para beneficiarnos de su efecto limpiador, cuya explicación no viene al caso, cobra vida propia. Recién levantado entras al baño, te miras en el espejo, das un respingo porque el tío que se refleja no eres tú –al menos tú no eras así la noche anterior-, abres el grifo, te mojas las manos, coges la pastillita de Heno de Pravia –el jabón tradicional- y ¡zas!, pastilla al suelo. Tu gata, que se estaba restregando contra ti para hacerte la pelota porque no la dejas dormir en tu cama, da un salto de la hostia, bufa cosa mala, sale disparada en dirección al pasillo y, el cable del secador, que tu mujer se había olvidado recoger la noche anterior, se enreda entre sus patas. Semejante inconveniente incrementa el mosqueo de la minina que redobla su ímpetu de huida, cae el secador al suelo con estrépito y se hace trizas. La gata, ante semejante desaguisado enloquece, se abalanza sobre la mesa del comedor en su aterrada huida, cae sobre el tapete de randa que adorna y a la vez protege la mesa, el cual soporta un florero de cristal tallado con una docena de rosas, detalle de cumpleaños que tuviste el día anterior con tu mujer, engancha el tapete y arrastra tras de sí el florero que se estrella con estruendo sobre el suelo de porcelanosa que te ha costado un riñón, el florero se desintegra pero muere matando cargándose una losa, precisamente la que más se ve. La gata por fin se esconde debajo del sofá huyendo de la quema y de pronto aparece tu mujer en la puerta del cuarto de baño con cara de película del Alfred Hitchcock y pregunta espantada: “¿Qué ha pasado?”, y tú, como un gilimemo, con la maldita pastilla en la mano, desconcertado y sin habla, como el del chiste de la vaca pillado infraganti, que no tuvo más remedio que decir que se estaba tirando a la vaca, sólo se te ocurre decir “nada, que la pastilla de jabón se ha caído al suelo”, y mientras tu mujer te mira como a un marciano en una urna tú sólo piensas en cargarte a todos los gatos del mundo y no comprar más pastillas de jabón en la vida.
Pero claro, nada de nada. A comprar un nuevo secador, un nuevo florero, la docena de rosas, reponer la losa rota (menos mal que había alguna de repuesto) y a jugar con tu gata una hora después, la cual viene de nuevo a restregarse contra ti como si tal cosa, la bandida. En cuanto a la pastilla de jabón que rodó por el suelo, se deslizó más bien porque rodar no está entre sus virtudes, la hiciste picadillo (con alguien tenías que pagar el pato, ¿no?), y a tu mujer tuviste que decirle que juegas con la gata cuando te da la gana, faltaría más, y que no volviera a darte más sustos de ese calibre que bastante asustado estabas tú ya de verte en el espejo, vamos, si no quería quedarse sin marido.
Y al día siguiente te encuentras una nota a tu nombre encima de tu mesa de trabajo. Lógicamente la lees porque es de tu mujer:
Tipos de jabones:
-El “jabón duro”, que se obtiene deshidratando por rociado el jabón fundido, al que se añaden colorantes y aromas, y se moldea en barras y pastillas. (Mismamente como el de marras, dijiste para ti).
-El “jabón de tocador”, se fabrica con grasas de calidad superior al jabón duro, y una vez deshidratado el jabón fundido vuelve a ser calentado para reducir aún más el contenido de agua. Se le añaden colorantes y perfumes. (Ah, pues no era el duro, era el de tocador el infame, rectificas).
-El “jabón en polvo”. También se deshidrata por rociado. Antes de que se solidifique se le añaden los aditivos necesarios para conseguir un jabón sintético cuyo resultado final no contiene más del 50% de jabón. (¡Caramba, de lo que se entera uno!, exclamas intrigado).
“Elige querido –decía la nota al final-, aunque te sugiero que te decidas por el “jabón líquido”, es menos “traumático”, a no ser que prefieras el “jabón en escamas”.
“¿Escamas? –repites espontáneamente- bastante escamado estoy yo ya. ¡¿No te digo?!”.
Juan Manuel “Clarín”.

