Manuel Caramé Mateo.

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martes, 25 de diciembre de 2007
Queridos amigos, tal como dijo hace unos días, Juan Manuel, o Clarín, como queráis llamarle, me ha enviado el relato del mes.
Incluye una introducción, la cual me indica que es absolutamente prescindible, pero yo no he querido tocar ni un punto, ni una coma, porque creo que merece la pena leerlo de principio a fin.

Sin más dilación, os dejo con la lectura para que disfrutéis como yo lo he hecho.
Saludos.

Manolo.

"SUEÑOS"

INTRODUCCIÓN

Que los sueños forman parte de la naturaleza humana nos da idea el hecho de que sin ellos no existiríamos. Sin los sueños no existiría Sherezade, que nos hizo soñar a todos, ni José, aquel José bíblico, hijo de Jacob, que salvó su vida y después la de sus hermanos interpretando sueños faraónicos. Hasta los profetas bíblicos soñaban y en sus sueños interpretaban la voluntad de Dios. Luego vino Calderón y nos dijo que “La vida es sueño”, el mismo Shakespeare tuvo “El sueño de una noche de verano”, y Freud se adentró en la psique humana a través de los sueños... Vivimos, pues, de sueños, pero ya lo dijo Jesucristo, “no sólo de pan vive el hombre”; de sueños, tampoco. Al fin y al cabo “los sueños, sueños son”. Aún así todos soñamos con hacer realidad nuestros sueños. Sueño y realidad, pues, se mezclan, para hacer de la realidad sueño y de los sueños realidad.
La particularidad de los sueños en Navidad es que soñamos todos a la vez. Los niños, con su mejor regalo de Reyes. Los jóvenes, con un milagro. Los adultos, con el gordo. Los mayores, con ser jóvenes y, todos, con ser millonarios. Al fin y al cabo soñar no cuesta dinero. ¿O sí?

RELATO

-A ver que te parece mi plan –le propuso Gonzalo Matalauva a su mujer.
Candelaria Calasparra se puso en guardia. Los planes de su marido tenían la virtud –propiamente el efecto- de dislocarla.
-A ver que brillante idea se te ha ocurrido esta vez –concedió expectante y con un mosqueo de policía interrogando a un alienígena.
-He pensado –carraspeó- que si nos gastamos veinte euros en un décimo de lotería lo máximo que nos puede tocar son cincuenta millones. Con cincuenta millones a lo sumo que podemos aspirar es a comprarnos un adosado muy justito donde Cristo perdió el gorro, tendríamos que vender nuestro piso para terminar de pagarlo y amueblarlo y comprarnos el coche. Resultado: nos quedaríamos sin un duro.
-Justo como estamos ahora –recordó puntillosa-, además, no son duros, sino euros.
-¡‘xacto! –convino él entusiasmado-. Si compramos dos décimos la suma se elevaría a los cien kilos. Con cien kilos nos podríamos comprar un piso en Madrid bastante justito, pero no en la zona que nosotros queremos, con la agravante de que seguimos necesitando vender el nuestro para el coche y los muebles. Conclusión: nos quedaríamos a verlas venir.
-¡Hombre claro! –volvió a intervenir Candelaria- y si nos compramos uno de doscientos millones nos entrampamos para toda la vida y buena parte de la otra. ¡No te digo!
-A eso iba –aprobó Gonzalo la intervención de su mujer sin reparar en su tono irónico. De ahí que se me haya ocurrido que lo mejor es que nos dejemos de miserias y compremos un billete entero, diez décimos, doscientos del ala. Esta la solución a todos nuestros problemas.
Candelaria Calasparra se quedó mirando a su marido como si se hubiese materializado de pronto en la cocina. Trataba de adivinar si se estaba choteando de ella o es que había perdido definitivamente el juicio.
-¡Pero ese es el cuento de la lechera! –arguyó astutamente. Atacando a su marido por los flancos tal vez desmontaría su “argumentación”.
-¿La lechera? ¿Qué lechera? –preguntó él sin entender.
Candelaria alucinaba. -¡Vamos anda! – exclamó incrédula y con ademán de reproche –¿lo mismo me quieres hacer creer que no conoces el cuento de la lechera?.
-Te lo juro –confirmó él solemne.
-“Dios mío –pensó para sus adentros- ¿con quién me he casado yo?”.
-Pues la Lechera para que lo sepas –resolvió al fin sin tenerlas todas consigo- hizo tus mismos cálculos pensando en lo que podría hacer cuando vendiera su leche, pero se le rompió el cántaro cuando iba al mercado a venderla.
-¿Y qué tengo yo que ver con una lechera atolondrada? –objetó inasequible al peso de la evidencia. Por lo pronto –precisó- no soy lechera, pero aunque lo fuera, ¿tú te crees que iba a guardar la leche en un cántaro? ¡Ni borracho!
-¿Ni borracho? –replicó con retintín Candelaria- hay que estar borracho para hacer los planes que tu haces sin ser ni siquiera lechero, sin tener trabajo, sin un duro en el bolsillo y con la cartilla temblando, así que ya me explicarás de donde piensas sacar los doscientos euros para comprar tu-bi-lle-te.
-¡Mujer! –exclamó en tono conciliador para hacerse valer- ¿es que de aquí al veintidós no voy a encontrar trabajo?.
-¿De aquí al veintidós dices? –inquirió ya desalentada y atónita- ¡Pero si faltan diez días! ¿Cómo vas a encontrar trabajo en diez días si no lo has encontrado en seis meses?
-Pero bueno, Candelaria de mis entretelas –terció Gonzalo sin inmutarse- ¿es que nos vamos a poner a discutir ahora por tales menudencias cuando estamos hablando de ganar más de trescientos millones?.
“Candelaria, ¿quieres a Gonzalo como marido, y prometes quererlo y respetarlo todos los días de tu vida en las penas y las alegrías, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, hasta que la muerte os separe?”.
¡No, no, no, no....!
-Mi niña, mi niña, despierta ¿se puede saber que soñabas? Candelaria despertó sobresaltada y miró a su marido asustada.
-Mira lo que he comprado. Y ante su asombro, Gonzalo Matalauva, su marido para lo bueno y para lo malo, para lo mucho y para lo poco, su vida y su muerte hasta que ella los separe que no los separaría, le mostró ufano y radiante lo que había comprado: ¡Un billete de lotería de Navidad! No pudo soportar la impresión y se desmayó.
-Pobrecita mía –comentó preocupado - no he debido ser tan brusco con ella.

Juan Manuel "Clarín".

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