Manuel Caramé Mateo.

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miércoles, 12 de diciembre de 2007
Buenos días, tardes o noches, según proceda.
Amigos, nuevamente estoy aquí para haceros disfrutar con un escrito precioso
Mi amigo Juan Manuel, a quien yo llamo con todo respeto “Maestro Clarín”, me ha enviado un maravilloso relato, y me ha parecido tan bueno que he pensado que sería muy egoísta de mi parte guardarlo, sin que los demás puedan disfrutarlo.
Aunque se trata del regalo de Navidad que él me hace, previa anuencia suya yo lo participo, porque lo bueno hay que compartirlo, ¿a que si?

Sin más, y con la seguridad de que os encantará os dejo con su lectura.

Que Dios os bendiga… ¡Hummmmmmm… ya huele a Navidad.

Manolo (Como ya sabéis, un felíz cuentista).


LECCIÓN DE NAVIDAD

Era insoportable. Aquel ceporro que el azar, los prejuicios y la insensatez de mi hermana me habían dado por cuñado, era insufrible. Por aludir sólo a algunos de sus atributos más destacados diré que era descastado, displicente, pretencioso, pedante, mitómano, malicioso e ignorante. Un botarate, un necio integral.
Pues no se le ocurre decir en plena cena familiar de Nochebuena, en presencia de su mujer y de sus hijos, de mis padres y de mis hermanos, de sus respectivas mujeres y de sus hijos, en mi presencia y en la de mi mujer: “pues a mí todo el rollo de la Navidad, las reuniones, las felicitaciones, los regalos, los brindis, las visitas familiares y demás tonterías propias de este tiempo me resultan indiferentes, paso de ellas”. Y se quedó el tío tan tranquilo, tal vez esperando un aplauso por su machada. Lo miré y juro que si las miradas pudieran matar mi cuñado hubiera caído fulminado. Lo curioso es que nadie hizo ningún comentario ni le prestó la menor atención, lo disimularon tan bien que yo me dije que la barbaridad que había dicho aquel necio debía ser pecata minuta en comparación con las que eructaba a diario. Puede que así fuera, tenía que ser así, pero yo estuve a punto de levantarme y escupirle en la cara. Sólo me contuvo mi maldito comedimiento y mis padres, aunque lo decisivo fue la fecha. Si no hubiese sido Nochebuena, el momento distinto y el lugar otro, mi cuñado por imperativo legal y la costumbre, y por no haberle dicho a mi hermana que le diera el dos, hubiésemos tenido más que palabras. ¡Ya lo creo! Era lo menos que se merecía el muy cretino. Pero ya digo, me contuve. Aunque estaba ardiendo por dentro.
-Entonces, ¿qué es para ti lo importante en la vida? Le pregunté asqueado. Y el muy imbécil va y suelta con su risa de asno silvestre: “Para mí, fuera del dinero contante y sonante, no hay nada que merezca la pena, jejeje”. ¿Es para matarlo o no es para matarlo?
¡Y pensar que por ruego de mi hermana –menuda cruz la pobre- le había llevado el mejor regalo!
No le dirigí la palabra en toda la cena. Ni siquiera lo miré. Hubiese vomitado. Al terminar me levanté de la mesa y fui a por los regalos que había traído para todos. Cada año lo hacía. Era ya un rito esperado y celebrado por toda la familia. Cada cual recibió el suyo en medio de las naturales y lógicas exclamaciones de complacencia y agradecimiento. Menos el gaznápiro de mi cuñado, claro.
Y sucedió que mientras mis padres, cuñadas y hermanos celebraban y no dejaban de agradecerme con besos y sonrisas el detalle, y mis sobrinos me besaban alborozados sin dejar de gritar, el zopenco del marido de mi hermana, marginado de la feliz algarabía, que al principio mostraba un aire como de indiferente suficiencia retadora, al comprobar que no había nada para él, se hundió en un mutismo clamoroso tras el gesto ceñudo de su canallesco y sombrío semblante. Para nadie pasó desapercibido, faltaría más, y el silencio se hizo unánime. Todas las miradas confluyeron en él. A su mujer se le encendió la cara y bajó la mirada. Los niños callaron. Se creó un clima electrizante, la
espera se hizo eterna. La expectación contenía el aliento ante lo inminente porque algo tenía que suceder, alguien tenía que decir o hacer algo. Sólo fueron unos segundos, unos segundos sin final. Y sucedió lo que ninguno de los presentes esperaba. Su mujer menos que nadie.
Con gesto grave, muy grave, los ojos brillantes, el rostro congestionado, el ademán circunspecto, se levantó de su silla despacio, muy despacio. Sin tenerlas todas consigo se acercó a mí lívido, diríase que avergonzado y contrito. Con voz entrecortada y apenas audible me pidió que me levantara. Estuve a punto de mandarlo a la mierda, pero su mansa actitud me disuadió y me levante, con desgana, pero me levanté. Juro que lo hice mosqueado, temiendo cualquier burrada de las suyas. Ante mi incredulidad y la de los demás me abrazó y con humildad en sus palabras y ternura en su gesto me pidió perdón. Mi familia no podía dar crédito a lo que estaba presenciando, yo creo que hasta se pellizcaron para asegurarse de que no estaban soñando. Alguna lágrima se escapó.
Aquella Nochebuena fue la más memorable de mi vida. Con razón dijo Jesús que hay más alegría en el cielo cuando un pecador se arrepiente que cuando entran doscientos justos. He tenido Nochebuenas de todos los colores e intensidades, pero tan luminosa como aquella, nunca.
Lo mejor, empero fue, que desde entonces veo a mi cuñado con otros ojos. Quien más me lo agradeció fue mi hermana: desde aquel día no sólo está más guapa, sino que cada vez que la visito me regala una rosa.
Cosas de la Navidad.

Juan Manuel.

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