Ambrosio y Pascasio, dos labriegos que jugaban todas las semanas a la lotería, “casando” sus números, vieron cumplidos sus sueños cuando obtuvieron un premio de mil quinientos millones de pesetas, que repartidos entre dos, si Pitágoras no erró, hace la friolera de setecientos cincuenta millones de "pelas", para cada uno.
Risas, juergas y algarabías, siguieron a la feliz noticia, quedando ambos al día siguiente para efectuar el ingreso de las fuertes sumas en el banco de la ciudad, porque la caja fuerte del banco del pueblo era muy pequeña y no se arriesgaban a dejarlo todo en cajas de cartón.
Cuando entraron en la entidad bancaria, una guardia formada por los empleados del banco les saludó amablemente.
Al final de todos, el director les esperaba con los brazos abiertos.
Dándoles un efusivo abrazo a cada uno, los acomodó en el gran sofá de piel que tenia en su despacho, y les agasajó con una copa de buen brandy y un puro habano de enormes dimensiones.
Seguidamente comenzó el diálogo de negocio, capitaneado por el director del banco…
- Y… ¿como quieren ustedes hacer el ingreso del dinero… en “libreta de ahorros” o en una “cuenta corriente”?-
Ambrosio dio un salto del sofá y dando varias caladas seguidas al habano mientras se halaba de los tirantes al más puro estilo Groucho Marx, respondió…
- ¿Cuenta corriente? ¿Pero usted sabe lo que está hablando?...cree usted que setecientos cincuenta millones se pueden dejar en una cuenta corriente? De “corriente” nada, nosotros queremos “la mejor que tenga”, porque podemos pagarla,
¿Verdad Pascasio?...-
- Jí…jí…lo que tú ígas- respondió Pascasio, soltando un hilillo de saliva por la comisura derecha de ambos labios, motivado a la dificultad que suponía hablar con el puro, que se afianzaba a la izquierda de su boca.
Una vez realizados todos los trámites, ambos amigos salieron de compras.
Habían decidido disfrutar de un coche de la prestigiosa marca Mercedes cada uno, pero como les cogía de camino, antes entraron en una relojería, donde majestuoso lucía un precioso reloj de pared, traído directamente desde la mismísima Selva negra alemana, y del que Ambrosio siempre estuvo enamorado.
- Vaya, ¿otra vez me va a preguntar si he rebajado el precio del reloj…y a como le salen los plazos?- Dijo con cara de pocos amigos el dueño de la relojería, mientras que casualmente veía la foto de ambos amigos en la portada de la prensa local que momentos antes había dejado un repartidor sobre el mostrador, porque el relojero estaba suscrito.
En ese momento cambio la expresión de su cara, regalando la mejor de las sonrisas a Ambrosio, mientras le decía:
- No se hable más… se lo regalo, ¡Ea! .…¿sabe que siempre me ha caído muy bien?-
Ambrosio no aceptó, sin embargo se dispuso a comprarlo.
El reloj marcaba doscientas cincuenta mil pesetas, las mismas que puso Ambrosio sobre la mesa.
El relojero, queriendo caer simpático, aunque evidenciando su avaricia dijo mientras le devolvía un “duro”...
-Vaya, aquí tiene la vuelta…le he cobrado doscientas cuarenta y nueve mil novecientoas noventa y cinco pesetas…para que se vaya contento-…
Entonces, Ambrosio haciendo un gesto de desprecio con la mano, respondió…
Noooo…no me de las cinco pesetas… Déme unos cuantos relojes de éstos chiquitos que tiene aquí en el mostrador, para que jueguen mis niños…-
Mientras decía esto, señalaba un precioso reloj de pulsera cuya publicidad evidenciaba su garantía en oro macizo.
El relojero salió al paso diciéndole que eran relojes averiados y que ya no se podían reparar. Los conservaba sólo a efectos de decoración, pero en la próxima visita que hiciera le obsequiaría con un buen presente.
Sin más, los dos salieron del establecimiento y se encaminaron a la Mercedes.
Una vez allí, fueron atendidos por un vendedor, y al decir ambos que querían comprar un coche, éste empezó comentando la forma de adquisición…
- Primero una entrada, y en función de su cuantía, será el importe de los pagos aplazados…-
-Nooo…nooo…verá…es que no nos ha dado tiempo de explicarnos…Tanto mi amigo como yo queremos comprarlos al contado- Dijo Pascasio.
- ¿Al con…con…contado?... Bue…bueno, esas gestiones de venta las hace personalmente el director del concesionario, así que le voy a llamar-…
Ambrosio preguntó extrañado…
- Oiga, explíquenos…¿para comprar un coche de esta envergadura tiene uno que estar en Gracia de Dios?...-
- No…no…¿porque dice eso?...-
- Es que usted ha dicho que va a llamar al director del “confesionario”, y a los confesionarios van los pecadores…¿El director es un cura?- Inquirió esta vez Pascasio.
- Noooooooo…jajajá…Concesionario…dije concesionario….no confesionario, jajajá…-
Mientras daban aviso al director, nuestros amigos fueron a bar y tomaron un café. A la hora de pagar, Ambrosio puso doscientas pesetas sobre el mostrador y dijo al camarero…
- Tenga, cobre los dos cafés…-
Seguidamente pasaron al salón de exposición donde les esperaba el “cura”, jajajá…, quien tras el saludo de rigor les mostró dos preciosos Mercedes de última generación.
Sin demora, Pascasio dijo…- A mi me gusta el gris…-
- Y a mi el negro- remató Ambrosio.
- Pues no se hable más, vamos a formalizar la venta, siéntense por favor. No se si saben que cada coche vale doce millones…- dijo temeroso el director.
-Eso es lo de menos-, dijo Pascasio, y sacando la chequera de su bolsillo, extendió un talón…
“Páguese al portador la cantidad de veinticuatro millones de pesetas”…
Al ver esto, Ambrosio lo paró diciendo…
- Donde vas…donde vas…Paga tu el tuyo y yo pago el mío, ¿no?
Pascasio, poniendo una mano en el hombro de su amigo le respondió…
¿Y que más da?...venga hombre, es igual…
¿No pagaste tú antes los dos cafés?...
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Dedicado a:
Maria José, con un beso.
M.O. con un abrazo.
Risas, juergas y algarabías, siguieron a la feliz noticia, quedando ambos al día siguiente para efectuar el ingreso de las fuertes sumas en el banco de la ciudad, porque la caja fuerte del banco del pueblo era muy pequeña y no se arriesgaban a dejarlo todo en cajas de cartón.
Cuando entraron en la entidad bancaria, una guardia formada por los empleados del banco les saludó amablemente.
Al final de todos, el director les esperaba con los brazos abiertos.
Dándoles un efusivo abrazo a cada uno, los acomodó en el gran sofá de piel que tenia en su despacho, y les agasajó con una copa de buen brandy y un puro habano de enormes dimensiones.
Seguidamente comenzó el diálogo de negocio, capitaneado por el director del banco…
- Y… ¿como quieren ustedes hacer el ingreso del dinero… en “libreta de ahorros” o en una “cuenta corriente”?-
Ambrosio dio un salto del sofá y dando varias caladas seguidas al habano mientras se halaba de los tirantes al más puro estilo Groucho Marx, respondió…
- ¿Cuenta corriente? ¿Pero usted sabe lo que está hablando?...cree usted que setecientos cincuenta millones se pueden dejar en una cuenta corriente? De “corriente” nada, nosotros queremos “la mejor que tenga”, porque podemos pagarla,
¿Verdad Pascasio?...-
- Jí…jí…lo que tú ígas- respondió Pascasio, soltando un hilillo de saliva por la comisura derecha de ambos labios, motivado a la dificultad que suponía hablar con el puro, que se afianzaba a la izquierda de su boca.
Una vez realizados todos los trámites, ambos amigos salieron de compras.
Habían decidido disfrutar de un coche de la prestigiosa marca Mercedes cada uno, pero como les cogía de camino, antes entraron en una relojería, donde majestuoso lucía un precioso reloj de pared, traído directamente desde la mismísima Selva negra alemana, y del que Ambrosio siempre estuvo enamorado.
- Vaya, ¿otra vez me va a preguntar si he rebajado el precio del reloj…y a como le salen los plazos?- Dijo con cara de pocos amigos el dueño de la relojería, mientras que casualmente veía la foto de ambos amigos en la portada de la prensa local que momentos antes había dejado un repartidor sobre el mostrador, porque el relojero estaba suscrito.
En ese momento cambio la expresión de su cara, regalando la mejor de las sonrisas a Ambrosio, mientras le decía:
- No se hable más… se lo regalo, ¡Ea! .…¿sabe que siempre me ha caído muy bien?-
Ambrosio no aceptó, sin embargo se dispuso a comprarlo.
El reloj marcaba doscientas cincuenta mil pesetas, las mismas que puso Ambrosio sobre la mesa.
El relojero, queriendo caer simpático, aunque evidenciando su avaricia dijo mientras le devolvía un “duro”...
-Vaya, aquí tiene la vuelta…le he cobrado doscientas cuarenta y nueve mil novecientoas noventa y cinco pesetas…para que se vaya contento-…
Entonces, Ambrosio haciendo un gesto de desprecio con la mano, respondió…
Noooo…no me de las cinco pesetas… Déme unos cuantos relojes de éstos chiquitos que tiene aquí en el mostrador, para que jueguen mis niños…-
Mientras decía esto, señalaba un precioso reloj de pulsera cuya publicidad evidenciaba su garantía en oro macizo.
El relojero salió al paso diciéndole que eran relojes averiados y que ya no se podían reparar. Los conservaba sólo a efectos de decoración, pero en la próxima visita que hiciera le obsequiaría con un buen presente.
Sin más, los dos salieron del establecimiento y se encaminaron a la Mercedes.
Una vez allí, fueron atendidos por un vendedor, y al decir ambos que querían comprar un coche, éste empezó comentando la forma de adquisición…
- Primero una entrada, y en función de su cuantía, será el importe de los pagos aplazados…-
-Nooo…nooo…verá…es que no nos ha dado tiempo de explicarnos…Tanto mi amigo como yo queremos comprarlos al contado- Dijo Pascasio.
- ¿Al con…con…contado?... Bue…bueno, esas gestiones de venta las hace personalmente el director del concesionario, así que le voy a llamar-…
Ambrosio preguntó extrañado…
- Oiga, explíquenos…¿para comprar un coche de esta envergadura tiene uno que estar en Gracia de Dios?...-
- No…no…¿porque dice eso?...-
- Es que usted ha dicho que va a llamar al director del “confesionario”, y a los confesionarios van los pecadores…¿El director es un cura?- Inquirió esta vez Pascasio.
- Noooooooo…jajajá…Concesionario…dije concesionario….no confesionario, jajajá…-
Mientras daban aviso al director, nuestros amigos fueron a bar y tomaron un café. A la hora de pagar, Ambrosio puso doscientas pesetas sobre el mostrador y dijo al camarero…
- Tenga, cobre los dos cafés…-
Seguidamente pasaron al salón de exposición donde les esperaba el “cura”, jajajá…, quien tras el saludo de rigor les mostró dos preciosos Mercedes de última generación.
Sin demora, Pascasio dijo…- A mi me gusta el gris…-
- Y a mi el negro- remató Ambrosio.
- Pues no se hable más, vamos a formalizar la venta, siéntense por favor. No se si saben que cada coche vale doce millones…- dijo temeroso el director.
-Eso es lo de menos-, dijo Pascasio, y sacando la chequera de su bolsillo, extendió un talón…
“Páguese al portador la cantidad de veinticuatro millones de pesetas”…
Al ver esto, Ambrosio lo paró diciendo…
- Donde vas…donde vas…Paga tu el tuyo y yo pago el mío, ¿no?
Pascasio, poniendo una mano en el hombro de su amigo le respondió…
¿Y que más da?...venga hombre, es igual…
¿No pagaste tú antes los dos cafés?...
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Dedicado a:
Maria José, con un beso.
M.O. con un abrazo.

