Isabel, una mujer de mediana edad, casada, sin hijos, se dispuso a salir de compras, no sin antes darse unos retoques de feminidad ante el espejo del mueble recibidor.
Seguidamente, cogiendo el bolso y las llaves, y asegurando la puerta con un par de vueltas de cerradura y se encaminó dando un paseo hacia los grandes almacenes que se ubicaban cerca de su casa, a tan solo doscientos metros.
A ella, para ir hasta allí, no le era necesario el transporte en medio de locomoción, la distancia no lo merecía.
En aquellos grandes almacenes resultaba más fácil preguntar que era lo que “no había”, a lo que tenían en stok, es decir, estaban surtidísimos. Sus secciones ofrecían artículos de alimentación, informática, ropa, campo y playa, música, bricolaje, deporte etc.
Una vez dentro, Isabel, haciendo trasiego entre las escaleras mecánicas que formaban en línea quebrada, llegó a su destino en la segunda planta, donde se encontraba la sección que ella buscaba, “bricolaje”.
- Buenos días señora, ¿le puedo ayudar en algo?- Le dijo amablemente un dependiente de inmaculado e impoluto traje.
- Pu…pues creo que si…- respondió Isabel con titubeo, sin apartar la mirada del joven.
- Verá, yo vengo a por el armario de dos puertas, que mide dos metros de alto por uno cuarenta de ancho… según la portada del folleto que han enviado a casa con las últimas ofertas-
- ¡Ah!, siiii…pero, ¿sabe usted que el montaje no entra en el precio, verdad?
Isabel, que era una mujer muy mañosa respondió:
- No se preocupe, ya conozco estos kit´s de montaje. No es la primera vez que me han llevado uno a casa. Yo misma he ensamblado otros y han quedado perfectos.
Eso sí, necesito que esté en mi casa en una hora, porque son las cuatro de la tarde y a las nueve llega mi marido.
Deberé tenerlo montado para esa hora, ya que será su regalo de cumpleaños.
No creo que sea complicado el envío porque vivo cerca. A tan sólo doscientos metros cruzando la vía del tren, la casa unifamiliar que está enfrente es la mía.
Eso sí, dígale a quien lo lleve que tenga mucho cuidado con el paso a nivel, que es muy peligroso porque a veces no se percata uno, y el tren le puede dar un susto que puede perder hasta el “modo de andar”.
-Un segundo, voy a consultar si puede ser el envío hoy- dijo el joven con una sonrisa, mientras usaba el teléfono.
- …¿Si?, ¿seguro que es posible?, cuidado, que es un regalo y la señora lo necesita en su casa sin demoras…vale…vale, de acuerdo- el vendedor se dirigió a Isabel.
- No se preocupe…en media hora está en su casa-
- ¡Ohhhh!…graciassss…ya me veía sin regalo para mi Juan.
Sé que el armario le hará muchísima ilusión, porque lo quiere para guardar sus colecciones. Sellos, vitolas, boligrafos, pipas, relojes…en fin de todo. Será su santuario.
- Pues…manos a la obra, señora, enseguida se lo llevamos-.
Isabel salió loca de contenta de establecimiento. Sin darse cuenta, cada vez aligeraba más el paso. Era como si temiera que los repartidores se le adelantaran.
Uisssss…casi a lo justo, porque al llegar no le dio tiempo ni de ponerse las zapatillas.
¿Yaaaa?...que barbaridad, desde luego son ustedes puntuales ¿eh? Que calidad de servicio.
Ella abonó el importe, con propina incluida, como muestra de complacencia y agradecimiento.
Seguidamente se puso un delantal y…manos a la obra…
En verdad era una “manitas”, porque en una hora lo tenía montado. Justo en el momento que pasaba un tren, y…ocurrió algo que borró la sonrisa de su cara.
Isabel se quedó de piedra porque debido a las vibraciones producidas por el paso del convoy, el armario se desarmó y cayó al suelo como un castillo de naipes.
Nuevamente manos a la obra, aunque esta vez le costó un poco menos, ya que los tornillos y espiches entraban por los agujeros como “Pepe por su casa”.
Segunda vez conseguido...segundo tren que pasó…y segunda vez que el armario fue al suelo, sin remedio.
El tiempo apremiaba, así que Isabel con un gran sofocón corrió hacia los grandes almacenes. Ella notaba que la gente la miraba con guasa, y es que, ni siquiera se había quitado el delantal para no perder tiempo. De todas formas, en esos momento sentía de todo menos vergüenza.
Una vez ante el dependiente, mostrándose muy nerviosa le contó lo ocurrido y éste la calmó diciéndo:
- Tranquilícese señora…todo tiene solución. Ahora mismo la acompaña un montador a su casa, pero…le advierto que eso lo tendrá que abonar aparte. Le dije que ese trabajo no entraba en el precio de oferta-.
- Yo no he hablado de dinero, yo lo que quiero es que me solucionen el problema, cueste lo que cueste…pero RAPIDOOOO…por favor, que se echa el tiempo encima- Espetó Isabel.
A los diez minutos, nuevamente el armario cobraba forma, pero esta vez con la seguridad de unas manos expertas.
Una vez montado por tercera vez, y confiando en que se habría hecho con más consistencia, el profesional dijo:
¡Eaaaaa!...listo…¿Dónde estaba el problem….-
No le dio tiempo de terminar la frase cuando un sonido cuya onomatopeya se identifica tal que Chucu… chucu… chucu… chucu…piiiii…..piiiii…piiiii…desaparecía a la misma velocidad que llegaba… y nuevamente el armario al suelo.
El montador se quedó perplejo.
Mientras se rascaba la cabeza dijo apurado a Isabel.
- Ya sé cual es la causa, los tornillos internos no hacen un buen aprieto.
Se quedan cogidos momentáneamente y aguantan mientras no haya ningún tipo de movimiento, pero la más mínima vibración los saca del sitio y derriba el mueble.
Ya se ha visto lo que ocurre cuando pasa el tren, así que lo montaremos de nuevo y yo me meteré dentro.
Es la única forma de ver cual o cuales son los tornillos que fallan-.
El montaje se había convertido ya en un reto. Isabel y el montador contra el armario.
Sin perder un segundo, nuevamente le dieron forma, metiéndose el experto dentro.
No sería por mucho tiempo, ya que Isabel le había asegurado que un nuevo “cercanías” estaba próximo a pasar, pero…con el sofocón del mueble, los dos se habían olvidado de alguien muy importante. El que iba a ser el destinatario y propietario del mueble…El marido de Isabel
De pronto se oyó como alguien abría la puerta con llaves y se acercaba “al campo de batalla”…
Isabel permaneció estática, sin poder articular una sola palabra, pero Juan soltó en el suelo el porta folios que llevaba, y alzando a su mujer, comenzó a girar mientras repetía…
- Ayyy, cariñooooo… que alegríaaa… el armario que yo queriaaa, muacksss… muacksss… ya sabía yo que no te olvidarías de mi “cumple”…muacksss…muacksss…-
Seguidamente, a modo de piropo y rubricando su contento, tarareó una canción en voz alta…
Que bien…que bien…me casé yo con Isabel-
Acabada su eufórica demostración de agradecimiento, dejó a Isabel en el suelo y cogiendo a la par los tiradores de ambas puertas del armario, dio un tirón, dejándolo abierto de par en par.
El hombre que allí se encontraba, el montador, parecía una momia con su sarcófago. No se atrevió a mover ni una sola pestaña.
Una vez que Juan se repuso del sobresalto, preguntó al “hallado” en tono de pocos amigos…
- Y…¿usted quien es?...respóndame…¿usted quien es?-
En ese momento, el montador, empapado en sudor, salió del interior del armario y con ambos dedos índices auto señalándose los hombros dijo con resignación…
- Que quien soy yo?... ¿Qué…quien soy yo?...Mire, señor mío…
Yo soy…
“EL QUE SE ESTÁ ACOSTANDO CON SU MUJER”.
Porque… si le digo que…
ESTABA DENTRO DEL ARMARIO ESPERANDO QUE PASARA UN TREN…
no me va a creer…¿verdad?...
Dedicado a:
Lucía, con un beso.
Maria José, con un beso.
M.O. con un abrazo.
Mi amiga canaria, con un beso.
Seguidamente, cogiendo el bolso y las llaves, y asegurando la puerta con un par de vueltas de cerradura y se encaminó dando un paseo hacia los grandes almacenes que se ubicaban cerca de su casa, a tan solo doscientos metros.
A ella, para ir hasta allí, no le era necesario el transporte en medio de locomoción, la distancia no lo merecía.
En aquellos grandes almacenes resultaba más fácil preguntar que era lo que “no había”, a lo que tenían en stok, es decir, estaban surtidísimos. Sus secciones ofrecían artículos de alimentación, informática, ropa, campo y playa, música, bricolaje, deporte etc.
Una vez dentro, Isabel, haciendo trasiego entre las escaleras mecánicas que formaban en línea quebrada, llegó a su destino en la segunda planta, donde se encontraba la sección que ella buscaba, “bricolaje”.
- Buenos días señora, ¿le puedo ayudar en algo?- Le dijo amablemente un dependiente de inmaculado e impoluto traje.
- Pu…pues creo que si…- respondió Isabel con titubeo, sin apartar la mirada del joven.
- Verá, yo vengo a por el armario de dos puertas, que mide dos metros de alto por uno cuarenta de ancho… según la portada del folleto que han enviado a casa con las últimas ofertas-
- ¡Ah!, siiii…pero, ¿sabe usted que el montaje no entra en el precio, verdad?
Isabel, que era una mujer muy mañosa respondió:
- No se preocupe, ya conozco estos kit´s de montaje. No es la primera vez que me han llevado uno a casa. Yo misma he ensamblado otros y han quedado perfectos.
Eso sí, necesito que esté en mi casa en una hora, porque son las cuatro de la tarde y a las nueve llega mi marido.
Deberé tenerlo montado para esa hora, ya que será su regalo de cumpleaños.
No creo que sea complicado el envío porque vivo cerca. A tan sólo doscientos metros cruzando la vía del tren, la casa unifamiliar que está enfrente es la mía.
Eso sí, dígale a quien lo lleve que tenga mucho cuidado con el paso a nivel, que es muy peligroso porque a veces no se percata uno, y el tren le puede dar un susto que puede perder hasta el “modo de andar”.
-Un segundo, voy a consultar si puede ser el envío hoy- dijo el joven con una sonrisa, mientras usaba el teléfono.
- …¿Si?, ¿seguro que es posible?, cuidado, que es un regalo y la señora lo necesita en su casa sin demoras…vale…vale, de acuerdo- el vendedor se dirigió a Isabel.
- No se preocupe…en media hora está en su casa-
- ¡Ohhhh!…graciassss…ya me veía sin regalo para mi Juan.
Sé que el armario le hará muchísima ilusión, porque lo quiere para guardar sus colecciones. Sellos, vitolas, boligrafos, pipas, relojes…en fin de todo. Será su santuario.
- Pues…manos a la obra, señora, enseguida se lo llevamos-.
Isabel salió loca de contenta de establecimiento. Sin darse cuenta, cada vez aligeraba más el paso. Era como si temiera que los repartidores se le adelantaran.
Uisssss…casi a lo justo, porque al llegar no le dio tiempo ni de ponerse las zapatillas.
¿Yaaaa?...que barbaridad, desde luego son ustedes puntuales ¿eh? Que calidad de servicio.
Ella abonó el importe, con propina incluida, como muestra de complacencia y agradecimiento.
Seguidamente se puso un delantal y…manos a la obra…
En verdad era una “manitas”, porque en una hora lo tenía montado. Justo en el momento que pasaba un tren, y…ocurrió algo que borró la sonrisa de su cara.
Isabel se quedó de piedra porque debido a las vibraciones producidas por el paso del convoy, el armario se desarmó y cayó al suelo como un castillo de naipes.
Nuevamente manos a la obra, aunque esta vez le costó un poco menos, ya que los tornillos y espiches entraban por los agujeros como “Pepe por su casa”.
Segunda vez conseguido...segundo tren que pasó…y segunda vez que el armario fue al suelo, sin remedio.
El tiempo apremiaba, así que Isabel con un gran sofocón corrió hacia los grandes almacenes. Ella notaba que la gente la miraba con guasa, y es que, ni siquiera se había quitado el delantal para no perder tiempo. De todas formas, en esos momento sentía de todo menos vergüenza.
Una vez ante el dependiente, mostrándose muy nerviosa le contó lo ocurrido y éste la calmó diciéndo:
- Tranquilícese señora…todo tiene solución. Ahora mismo la acompaña un montador a su casa, pero…le advierto que eso lo tendrá que abonar aparte. Le dije que ese trabajo no entraba en el precio de oferta-.
- Yo no he hablado de dinero, yo lo que quiero es que me solucionen el problema, cueste lo que cueste…pero RAPIDOOOO…por favor, que se echa el tiempo encima- Espetó Isabel.
A los diez minutos, nuevamente el armario cobraba forma, pero esta vez con la seguridad de unas manos expertas.
Una vez montado por tercera vez, y confiando en que se habría hecho con más consistencia, el profesional dijo:
¡Eaaaaa!...listo…¿Dónde estaba el problem….-
No le dio tiempo de terminar la frase cuando un sonido cuya onomatopeya se identifica tal que Chucu… chucu… chucu… chucu…piiiii…..piiiii…piiiii…desaparecía a la misma velocidad que llegaba… y nuevamente el armario al suelo.
El montador se quedó perplejo.
Mientras se rascaba la cabeza dijo apurado a Isabel.
- Ya sé cual es la causa, los tornillos internos no hacen un buen aprieto.
Se quedan cogidos momentáneamente y aguantan mientras no haya ningún tipo de movimiento, pero la más mínima vibración los saca del sitio y derriba el mueble.
Ya se ha visto lo que ocurre cuando pasa el tren, así que lo montaremos de nuevo y yo me meteré dentro.
Es la única forma de ver cual o cuales son los tornillos que fallan-.
El montaje se había convertido ya en un reto. Isabel y el montador contra el armario.
Sin perder un segundo, nuevamente le dieron forma, metiéndose el experto dentro.
No sería por mucho tiempo, ya que Isabel le había asegurado que un nuevo “cercanías” estaba próximo a pasar, pero…con el sofocón del mueble, los dos se habían olvidado de alguien muy importante. El que iba a ser el destinatario y propietario del mueble…El marido de Isabel
De pronto se oyó como alguien abría la puerta con llaves y se acercaba “al campo de batalla”…
Isabel permaneció estática, sin poder articular una sola palabra, pero Juan soltó en el suelo el porta folios que llevaba, y alzando a su mujer, comenzó a girar mientras repetía…
- Ayyy, cariñooooo… que alegríaaa… el armario que yo queriaaa, muacksss… muacksss… ya sabía yo que no te olvidarías de mi “cumple”…muacksss…muacksss…-
Seguidamente, a modo de piropo y rubricando su contento, tarareó una canción en voz alta…
Que bien…que bien…me casé yo con Isabel-
Acabada su eufórica demostración de agradecimiento, dejó a Isabel en el suelo y cogiendo a la par los tiradores de ambas puertas del armario, dio un tirón, dejándolo abierto de par en par.
El hombre que allí se encontraba, el montador, parecía una momia con su sarcófago. No se atrevió a mover ni una sola pestaña.
Una vez que Juan se repuso del sobresalto, preguntó al “hallado” en tono de pocos amigos…
- Y…¿usted quien es?...respóndame…¿usted quien es?-
En ese momento, el montador, empapado en sudor, salió del interior del armario y con ambos dedos índices auto señalándose los hombros dijo con resignación…
- Que quien soy yo?... ¿Qué…quien soy yo?...Mire, señor mío…
Yo soy…
“EL QUE SE ESTÁ ACOSTANDO CON SU MUJER”.
Porque… si le digo que…
ESTABA DENTRO DEL ARMARIO ESPERANDO QUE PASARA UN TREN…
no me va a creer…¿verdad?...
Dedicado a:
Lucía, con un beso.
Maria José, con un beso.
M.O. con un abrazo.
Mi amiga canaria, con un beso.

