Manuel Caramé Mateo.

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lunes, 22 de octubre de 2007
Aquella mañana de Lunes, al amanecer, cuando Francisco ojeaba el periódico sentado en la barra del bar que frecuentaba todas las mañanas para desayunar, ya que su condición de desempleado se lo permitía, vio un anuncio que hizo a sus ojos despedir chiribitas.

“SE NECESITA INTERPRETE DE FRANCÉS
INTERESADOS PRESENTARSE EN HOTEL EIFFEL
SITO EN LA CALLE CAMPOS ELISEOS, Nº7,
DONDE SE VALORARÁN CONOCIMIENTOS A TRAVÉS DE
EXÁMEN ORAL”.


Francisco tomó el café de un sorbo, siendo tal su algarabía que ni siquiera reparó en como quemaba, aunque de ello se encargarían los días posteriores.

Todo ello era debido a que él, seis meses antes había obtenido un título por correspondencia que le facultaba para hablar y escribir en el idioma galo.

Él, que siempre fue parco en otorgar propinas, lanzó al camarero un euro y salió corriendo mientras decía:
- Hoy hay boteeeeee. Quédate con la vuelta -.

Transcurridos veinte minutos, llegó jadeando a la puerta del hotel, donde lo primero que hizo fue asegurarse de que no había ningún otro pretendiente en espera para ser entrevistado con relación al puesto que se ofrecía en el anuncio de prensa.

Una simple ojeada al mostrador de recepción le tranquilizó, ya que el leve trasiego de personas con maletas y efectos personales evidenciaba en ellos la condición de clientes hospedados. Además debido a lo temprano que era, posiblemente aún no se habría producido una reacción por parte de los lectores hacia esa propuesta de trabajo.

Dándose unos lametones en las yemas de sus dedos y un leve masaje por cejas y tupé en dirección de dentro hacia afuera, compuso su imagen que quedó reflejada en una de las dos grandes lunas que flanqueaban la señorial puerta de entrada al elegante hotel.

Con cierta timidez pero decidido, se acercó al mostrador, donde el recepcionista le pregunto amablemente:
-Buenos días, ¿Qué desea?-

Francisco, haciendo alarde de voz varonil y potente dijo:
-Buenos días, vengo por lo del anuncio del diario, ya sabe… el interprete de francés-.

- Ah, si, usted viene a por el puesto de Pedro. Pobre hombre, toda su vida en el hotel y una maldita afonía le ha dejado sin poder articular palabra. Los médicos le han dicho que posiblemente tenga cura, pero a su edad.
Si fuera así, seguidamente se produciría su jubilación ya que tiene sesenta y cuatro años, así que el que tenga la suerte de acceder al puesto, si sabe ganárselo, ya tiene las “papas” resueltas.
Suerte, amigo…es usted el primero en llegar- Dijo el recepcionista.

Francisco, sin dar crédito a lo que oía, balbuceó:
- Como ésta me salga bien, ya puede ir contando Santa Rita de Casia con el mejor y mas bonito ramo de flores que jamás le hayan llevado en ofrenda, y por supuesto, le levantaré el castigo a San Pancracio. Lo sacaré del congelador y le pondré tal maceta de perejil que va a parecer un "furbulista" pisando el cesped.

- ¿Que dice?, habla usted tan bajo que no le entiendo- pregunto el recepcionista.

-Nada, nada…cosas mías- respondió Francisco –Por cierto, ¿sabe usted quien me tiene que hacer el examen?-

- Pues claro que lo sé. De estos menesteres se encarga el jefe de personal, pero da la coincidencia que Don Leandro, el director general, se encuentra hoy aquí y ha mostrado especial interés en ser él mismo quien se encargue de elegir a la persona adecuada-

El rostro de Francisco palideció y un sudor frío recorrió su frente.

- Eyyy…Eyyy, no se apure hombre- Dijo el empleado.
- A Don Leandro le llamamos cariñosamente “El baguette”, y no es porque no haga nada, que bien que predica con el ejemplo porque es un trabajador y un jefe ejemplar…si no porque, aún tratándose del director general, paradójicamente, es la persona mas humana y sensible que existe sobre la faz de la tierra, de ahí el cariñoso apodo de “El baguette”, que lo califica como “un pedazo de pan”.
Tranquilícese que voy a ver si está en su despacho. Si es así, en breve estará usted ante él-.

- Uffff!, muchas gracias. Tengo más nervios que “un bistéc de dos reales”–
Francisco se sentó en un gran sofá “chesterfield”, perfeccionándose el nudo de la corbata. Ésto le hizo más amena la espera que aunque corta, a él se le hizo interminable.

En esos momentos, desde un pasillo que se divisaba a lo lejos, al ser el recibidor del hotel enorme, el empleado, levantando el brazo, llamó la atención de Francisco diciéndole:
- Por aquí, por favor…venga por aquí-.

Aún habiendo sido advertido nuestro amigo de la condición humana de Don Leandro, éste no bajó la guardia, por si acaso.

Tras el saludo de rigor y una vez acomodados nuestro amigo y el director general, éste último preguntó al aspirante:
-Y… ¿De donde le viene a usted sus conocimientos de francés? ¿Ha sido emigrante, quizás?

- No señor…no…lo mío es de estudio. El francés lo aprendí estudiando, además tengo el diploma que me acredita para ejercer como intérprete, porque no sólo lo hablo, si no que también lo escribo- Dijo orgulloso Francisco.

- Ahhh…quiere decir que ha ido a una academia donde los que enseñan son profesores nativos, ¿verdad?-

- Nooo…no señor. Verá Don Leandro el curso homologado que he hecho, ha sido por correspondencia, usando libros, cuadernos de ejercicio, y discos de vinilo para tomar referencia y perfeccionar la forma de pronunciar- Respondió el aspirante.

-Vaya… ¿Discos de vinilo?... ¿Quiere decir de esos que generalmente son de color negro que se reproducen en un tocadiscos?...¿esos que le llaman “singles y longplays”, según su tamaño?- Preguntó sorprendido Don Leandro.

-Exacto, singles…son singles… y le garantizo que los cincuenta que componen el curso me los sé al dedillo-
Dijo con seguridad Francisco.

- Pues ¡hala!... no se hable más, vamos a ver, yo le hago una pregunta y usted me responde, ¿si?-

Francisco asintió con la cabeza.
Mientras sus oídos prestaban toda la atención, sus ojos no se apartaban de los labios del improvisado examinador, por si las moscas.

-Vamos allá- Dijo Don Leandro…

-¿Parlez vous francais?

En ese momento, Francisco dio un tremendo suspiro, y con voz segura y potente respondió:

-OOOOOOOOOOOOOOUUUUUUUUUUUUUUÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ…-

Fue tal el impacto, que a Don Leandro le sobrevino un ataque de risa, llegando incluso a caerse del sillón…

- Jajajajajajajá…jajajajajajajá…jajajajajá…
¿Pero que ha hecho, hombre de Dios?...se ha estudiado el curso a 33 r.p.m. (revoluciones por minuto)… jajajajá…está muy bien respondido, pero más rápido…más rápido, jajajajá…- Dijo mientras se golpeaba repetidamente con la palma de la mano en el muslo.

La cara de Francisco era “un poema”, pero Don Leandro se dió cuenta de lo mal que lo estaba pasando y lo tranquilizó tocándole leve y confiadamente en el hombro…

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Lo que aconteció después es que el "Señor Don Baguette”, como ahora le llama con agradecimiento y cariño Francisco, costeó con cargo a la empresa el perfeccionamiento de nuestro amigo, poniéndose éste al día en menos de un mes.

De lo ocurrido han pasado tres años y nuestro protagonista ya es fijo en la plantilla del afamado establecimiento, pero de aquella anécdota quedó un recuerdo.

Cada vez que Don Leandro visita el hotel y se cruza con Francisco, esboza una sonrisa de oreja a oreja, y dice en tono jocoso:

- BUUU…EEEE…NOOOS…DÍIIII…AAAAS…FRAAAN…CIIIS…COOO-

Acto seguido, Francisco, mostrando su alegría con la mejor de las sonrisas, agacha la cabeza en atenta reverencia y señal de agradecimiento, mientras musita:
- QUEEE…DIOOOS…LEEE…BEEEN…DIII…GAAA
DOOON…LEEE…AAAN…DROOO-

EPILOGO (Autora Lucía)

Don Leandro comprendía magníficamente a Francisco.

Al cruzarse con él y darle aquel alargado buenos díííííaaaasss no podía evitar recordar sus comienzos en aquel hotel.

Él, hijo de exiliados de la guerra española había comenzado su educación en Francia, razón por la que hablaba perfectamente el idioma.

Cuando sus padres decidieron que era el momento de volver a España su formación era muy incompleta, pero como los tiempos eran malos y su dominio del francés muy bueno logró colocarse en una plaza de botones del hotel Eiffel.

Revoloteando por las estancias de dicho hotel andaba Encarnita hija única del dueño y futura heredera de aquel imperio. Ella hablaba un francés de institutriz y entre bromas y veras tenía charlas en gabacho con aquel botones tan flamante.

La chica, como hija de buena familia, tenía una buena formación para aquellos tiempos, cultura general, labores del hogar y muchas horas de dedicación al piano, por lo que además de su naricilla respingona y sus ojos risueños tenía comido el coco a Leandro, que sufría en silencio el acoso de aquella mocosa tan simpática, y junto a la que se sentía en inferioridad de condiciones por su formación escasa y el poco tiempo de que disponía para completarla.

Pero una mañana, mientras su madre le hacía el desayuno, Leandro escuchó en radio nacional un anuncio que le llegó a lo más profundo de su ser: "Academia El pájaro, cultura general a destajo, saque su título por correspondencia, en ratos libres será usted bachiller".

El muchacho que era listo, en el primer rato libre que tuvo acudió a aquella academia, no podía creer que su sueño pudiera cumplirse robando horas a la noche, ¡podía ponerse al nivel de Encarnita!...el resto podéis imaginarlo, y de paso, la enorme comprensión y cariño que D. Leandro y Dª Encarna siempre profesaron a su leal empleado Francisco.


FIN (Por ahora, porque se admiten prolongaciones) jajajá...
Manolo.





Dedicado a:
Mi amiga MALI, con un beso y una @-}-}---.
Mi amiga MARIA JOSE, con un beso y una @-}-}---
Mi amigo M.O. Para ti, ni beso, ni flor. Un abrazo quedará mejor.
MI amiga Lucía, con un beso y una @-}-}---

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